La Triple Voz de la Radio

23 octubre 2009

Radio MANUALES

Por Jose Ignacio Lopez Vigil.

Ahora sí. Ya estamos en actitud receptiva, ya empleamos un código común, ya evitamos los ruidos culturales y técnicos que pueden presentarse en el camino que recorre el mensaje del emisor al receptor y del receptor al emisor. Ahora estamos listos para asomarnos al lenguaje propio de la radio, a la particularidad de su expresión.

La radio es sólo sonido, sólo voz. Pero una voz triple:

+  La voz humana, expresada en palabras.

+ La voz de la naturaleza, del ambiente, los llamados efectos de sonido.

+ La voz del corazón, de los sentimientos, expresada a través de la música.

¿Cuál de las tres voces es más importante? Las tres. Postergar una, eliminarla, sería debilitar las otras y empobrecer el lenguaje radiofónico. Igual que un pintor sin azules o rojos en la paleta, la seducción de la radio no se logrará sin explotar todas sus posibilidades sonoras, sin una original combinación de las tres voces mencionadas. La buena radio refleja la vida. Y en la vida, en lo que nos rodea, se oyen ruidos y cantos y palabras.

En el origen del universo, sólo había efectos. Cataclismos, colisiones, rayos que estrenaban la nueva atmósfera y una lluvia incesante, más larga que en Macondo, poniendo un telón de fondo al mundo. La tierra y el agua, el viento y el fuego, ambientaban aquel primer escenario, todavía sin vida. Con los animales, surgieron otros ruidos y, sobre todo, aparecieron los oídos para captar las vibraciones de la naturaleza sorda.

Volaron las aves. Y con ellas, sonaba una segunda voz, más melodiosa que todo lo hasta entonces escuchado en el planeta. Nacía la música y la armonía de las notas en los gorjeos de canarios y calandrias, en los trinos del ruiseñor.

Por último, hace apenas un millón de años y desde las cavernas protectoras, se comenzó a escuchar una tercera voz, por entonces muy gutural, mientras se templaban las gargantas de los parientes del mono. Hablaron las primeras mujeres y los primeros varones para reconocerse. Y fueron inventando signos sonoros, unas veces onomatopéyicos, otras totalmente arbitrarios, para nombrar las cosas que les rodeaban. Nuestros antepasados armaron códigos complejos con esos signos. Desarrollaron la palabra. Y la palabra, a su vez, los desarrolló a ellos y ellas.

En los cursos de CIESPAL, becarios y becarias suelen hacer un primer ejercicio que consiste en grabar una historia sin palabras. Con sólo efectos de sonido bien concatenados, deben desarrollar un argumento breve con conflicto y desenlace. Y lo logran. Una vez autorizada la creatividad, los aprendices de la brujería radiofónica se las arreglan para comunicar sus ideas con los ruidos simples de la naturaleza y de las cosas. Algunos efectos transmiten emociones intensas. Pensemos en el balanceo de la cunita donde el bebé acaba de morir. O los pasos que persiguen a la muchacha en la oscuridad. Pero lo más propio de los efectos de sonido consiste en describir los ambientes, pintar el paisaje, poner la escenografía del cuento, hacer ver con el tercer ojo, el del espíritu. Los efectos van directo a la imaginación del oyente.

¿Y la música? Hay letras de canciones que son compendios de filosofía. O de psicología. Uno reflexiona con las baladas de Silvio Rodríguez o Alberto Cortés. También la música puede cumplir una función de ambientación. Si suena un jarabe tapatío, nuestra mente se traslada a México lindo y querido y ya nos imaginamos a los charros zapateando y a las mujeres con sus amplias y coloridas faldas. Pero la especialidad de la casa, como diría el chef, no es ésa. Lo más propio del lenguaje musical es crear un clima emotivo, calentar el corazón. La música le habla prioritariamente a los sentimientos del oyente.

En cuanto a la voz humana, ésta es la más transparente: informa, explica, dialoga, acompaña conversando. Hace avanzar el debate periodístico o la trama de la novela. La manera de decir, el tono de la voz, irá más o menos cargado de emoción. Y el buen uso de palabras concretas permitirá despertar imágenes auditivas en la mente del receptor. Sin embargo, entre las tres voces del lenguaje radiofónico, es la palabra la que más se dirige a la razón del oyente. La generadora de ideas.

La palabra manda. La palabra humana es la principal portadora del mensaje y su sentido. No quiero restar autonomía a la guitarra de Paco de Lucía ni al crepitar del fuego. Pero en un programa de radio, es nuestra voz la que protagoniza la emisión, mientras las otras dos la refuerzan, la destacan. Imprescindibles las tres, la palabra humana gana color y calor con los efectos sonoros y la música. Llegó de última al mundo y, sin embargo, sus hermanas mayores se ponen felices a su servicio.

Imaginación, emoción, razón. Especificidades de cada voz radiofónica. Tres códigos complementarios con los que podemos aproximarnos al receptor en su totalidad.

¿Y el silencio?

Algunos colegas lo proponen como una cuarta voz radiofónica, a la par de los efectos, la música y las palabras. ¿Será?

Para aclarar esto, ayudará distinguir entre bache y pausa. En radio llamamos bache cuando se produce un silencio inesperado, no previsto, en cualquier momento de la programación. Un vacío de sonido más mortificante para el técnico que para el oyente, quien muchas veces ni se entera de lo ocurrido o lo atribuye a desperfectos en su propio receptor (a no ser que el bache, de tan extenso, resulte un cráter!).

En una cabina de radio se dan mil y una oportunidades para dejar baches: el CD que no estaba a punto, la computadora colgada, el teléfono que no entra, el apagón de luz, el periodista que traspapeló la noticia, el locutor pensando en las angelitas. Estos silencios no pretendidos equivalen a la pantalla de televisión en negro. No tienen ningún significado, son fallas que deben evitarse. Los baches constituyen ruidos peligrosos en la comunicación. Si se prolongan, la cortan.

La pausa, por el contrario, está cargada de sentido. Hacer pausas es tomarse el tiempo necesario para subrayar una frase o una situación. ¿Qué sería de las tramas policíacas o de terror sin los angustiosos instantes que anteceden al crimen? Hasta el mismo nombre del género suspense se ha tomado de ahí, del argumento suspendido por unos segundos para desencadenarlo con más fuerza. ¿Qué sería de los romances sin los amelcochados momentos que transcurren después del beso de los amantes incomprendidos, momentos que nos permiten vaciar el alma y echar algunas lagrimitas? Todas las emociones se intensifican con pausas oportunas que las siguen o preceden.

Esto vale para todos los géneros y todos los comunicadores. Un comentarista que no maneja las pausas arriesga la convicción de sus palabras. Una cantante, un entrevistador, una conductora de revistas, hasta un locutor de cuñas, que trabaja uno de los formatos más apresurados, sabe reservarse ese segundo crucial , ese momento expectante, antes de pronunciar el slogan de cierre.

¿Por qué nos cansa tanto el atropellamiento de algunos discjockeys que no dejan de hablar ni cuando la letra de la canción ha empezado? No anima mejor quien escupe más palabras en menos tiempo. Porque la monotonía se puede provocar tanto por lentitud como por sobreexcitación.

Muchas pausas, especialmente en los programas dramatizados, se apoyan con música instrumental o con efectos ubicados en terceros planos. Son esos bombeos de corazón cuando el preso está a punto de escapar de la cárcel o los acordes del violín cuando la madre abraza al hijo que regresa de la guerra. Otras pausas, desde luego más breves, se pueden hacer en puro silencio.

En cualquier caso, ¿esos silencios constituyen una cuarta voz de la radio o pertenecen al ritmo propio de las otras tres? Más parece lo segundo. Si entre dos kikirikís el gallo calla para tomar resuello, ese momento vacío hace parte de su cantar. Las solemnes pausas de los primeros acordes de la Quinta Sinfonía de Beethoven son intrínsecas a la melodía que sigue.1

Una pausa aislada, sin contexto de otras voces, no significa absolutamente nada. Por esto, más que un código autónomo, los distintos tipos de silencios vienen siendo como el sistema de puntuación en el lenguaje escrito. Comas y puntos que sirven para recordar al lector la oportunidad de separar frases y párrafos. El silencio, en radio, no dice nada por sí mismo, refuerza otros decires. El silencio es a la palabra lo que la sombra a los cuerpos: los resalta.2

Dicho esto, hagamos una pausa. Un silencio de expectativa antes de abordar el siguiente subtítulo.

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Extractado del capitulo 3 del “Manual Urgente para Radialistas Apasionados” de Jose Ignacio Lopez Vigil,

version digital completa disponible en: http://www.radialistas.net/manual_urgente/ManualUrgenteRadialistas.zip

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