De significados y Sentidos

12 octubre 2009

Radio MANUALES

Por Jose Ignacio Lopez Vigil.

Si en la banda de onda corta capto una emisora de New York, estoy en apuros. De nada valió el complicado viaje del sonido desde los micrófonos de La Gran Manzana, rebotando en la ionosfera, hasta alcanzar el aparato receptor de mi casa en Lima. I don’t speak english, no entiendo ni jota de lo que dice aquel locutor. No compartimos el mismo código, el mismo idioma, y no se logra una primera sintonía cultural.

En el mundo se calculan unos 3,500 idiomas diferentes, sin contar los dialectos ni las jergas.  O sea, tres mil quinientas posibles confusiones. El castigo de Babel fue cosa seria y nos obliga a estudiar otras lenguas si queremos entendernos con ciudadanos de otras latitudes. (Ojalá no nos pase como al cubano de Miami que así invitaba a entrar en casa a su amigo gringo: ¡Between, between, and drink a chair!).

No hay que viajar fuera de nuestros países, sin embargo, para enfrentar este lío de las lenguas. Radio Onda Azul, en Puno, Perú, tiene una audiencia repartida entre quechuas, aymaras y castellanos. ¿En qué lengua debería transmitir? ¿Tal vez segmentar la audiencia por idiomas? Pero la mayoría de sus oyentes son bilingües y hasta trilingües. ¿Y entonces? En Martinica, los padres hablan en creole a sus hijos y éstos —fruto amargo de la colonia— deben responderles en francés. ¿En cuál de las dos lenguas transmitir? Radio APAL optó por el creole, naturalmente, porque toda la población lo entiende y porque dinamiza el movimiento independentista. ¿Cómo harán para iguales fines las radios guatemaltecas con 20 idiomas mayas que se hablan en su territorio?

Cuba y Costa Rica no tienen ese problema. Toda la población habla castellano. Fenomenal, un idioma común que permite comprenderse a todo el mundo. ¿Estamos seguros? ¿Cuántos castellanos hay, uno solo, el de Cervantes? Todas las palabras están en el Diccionario de la Real Academia o en los dos gruesos tomos de María Moliner. Pero no todas las utilizamos. Muchas, no sabemos qué significan. La mayoría, miles de miles, ni siquiera las escucharemos una vez a lo largo de nuestra vida. ¿Sabe usted lo que es un palíndromo o un gazafatón?

Hace unos párrafos yo escribí solipsismo. ¿Por qué usé esa palabreja, mezcla de español y latín? Sencillamente, porque pensé más en mí que en el lector. Si yo empleo términos que el otro no entiende, hago ruido. Hago algo peor: humillo. Volveremos sobre este asunto más tarde.

Pero es la palabra y es también el tono en que se dice. Si usted viaja a Nicaragua y se le cruza un amigo, éste saludará así: ¡tiempo de no verte, jodido! Si la amistad es mayor, usted puede llegar a ser un querido hijueputa. Y se añadirán superlativos según el nivel de confianza que se tengan. O sea, que una palabra cambia totalmente su carácter ofensivo y se vuelve tierna, cariñosa, dependiendo del tono en que se pronuncie. Tomar un vocablo al pie de la letra representaría un peligro. Y un amigo menos.

Compliquemos más las cosas. A más de idiomas, palabras y entonaciones, la comprensión de un mensaje está dada por algo previo, aún más fundamental: las experiencias vividas, la situación concreta de esta persona, mi yo y sus circunstancias.

La caricatura de Quino ahorra palabras.

chaplin

La misma escena de Chaplin provoca tres reacciones diferentes en un público de ricos, clasemedieros y pobres.

Llegamos, de esta manera, al meollo del asunto: la comunicación es mucho más que una simple transmisión de mensajes. Aun evitando todos los ruidos en todas las etapas del proceso y asegurando que el mensaje llegue lo más transparente posible al receptor, éste lo interpretará a su manera, le dará un sentido subjetivo. Un sentido que no coincidirá necesariamente con el que pretendió el emisor.

Es que no somos robots. No funcionamos con enchufes ni resortes. Tanto emisores como receptores somos personas humanas en situaciones sociales y familiares muy concretas, con determinados gustos y disgustos, con caracteres diferentes, con hábitos y manías, con costumbres muy enraizadas, con intereses muy apremiantes, con una amalgama de sentimientos contradictorios, viviendo irrepetiblemente nuestra inmensa minoría. Cada persona es un mundo, como dicen. Y desde ese mundo elabora el mensaje que envía o reelabora el que recibe.

Evitando ruidos, nos aproximaremos al significado del mensaje, haremos que el pan sea pan y el vino, vino. Otro asunto es el sentido que cada uno dé a ese mismo mensaje, el efecto que provoque en cada individuo. Porque no es lo mismo comer el pan y beber el vino con los amigos, o con la enamorada en un lindo restaurante, o solito y amargado en un caserón vacío. El sentido de las cosas lo pone el sujeto, no el mensaje. Ambos, emisor y receptor, imprimen al mensaje su sello personal, las huellas dactilares de su alma.

Comunicar, entonces, consiste en comunicarse. El proceso de la comunicación supone codificar y decodificar los signos, ciertamente. Pero va mucho más allá de eso: busca entablar una relación activa, interactiva, con el receptor. Intercambiar con él sus opiniones, sus valoraciones personales, sus verdades. En la coincidencia de significados y la diferencia de sentidos radica precisamente la enorme riqueza de la comunicación humana.

Las visiones mecanicistas de la comunicación descuidaron todo este aspecto intersubjetivo y pretendieron reducirla a una ley física de acción-reacción. Por suerte, tales concepciones van de retirada. No podía ser menos. La inseminación artificial no se compara con un acto de amor apasionado.

Dos orejas y una boca

Domingo en la mañana. Tocan a la puerta. Uno se despereza, imagina un telegrama urgente o un vecino que quiere jugar fútbol. Pero no, son ellos. Una vez más llegan los testigos de un Juicio que nunca llega. Traje oscuro, siempre de dos en dos, siempre inoportunos. Hablan ellos y no te dejan hablar. Como loros repiten el mismo discurso a todos, les da igual tener ante sí un adolescente o su abuela, la patrona o la empleada, el abusivo o el abusado. Es difícil quitárselos de encima. Pestañeas y se cuelan en casa. Les dices que se vayan y comienzan otra vez la cantinela. Acabas empujándolos para que te dejen en paz.

Por suerte, en radio todo es más fácil. Aprietas un botón y listo. Con el moderno control remoto, ya ni siquiera hay que levantarse de la silla para cambiar de emisora.

En el circuito de la comunicación radiofónica que vimos antes falta una etapa, la última y decisiva, la imprescindible: el interés que el mensaje despierte en el receptor. Aquellos signos volátiles que nacieron en boca del locutor y fueron impulsados por el micrófono y esparcidos por la antena a todos los vientos y luego fueron capturados por el pequeño transistor y llegaron hasta el oído de Juana, sólo serán escuchados si le interesan a Juana.

No basta salir al aire si no tenemos oyentes, si los posibles receptores no tienen ganas de oír lo que decimos. ¿Cuántos programas llamados educativos se han hecho con las mejores voluntades y los peores resultados? Se gasta plata, se contratan locutoras, productores, realizadoras… y se nos olvida preguntar al público, al que supuestamente va dirigido ese programa, si le interesa escucharlo, si le gusta.

Es que les tiene que gustar, razonan los educadores impacientes, los ideólogos recalcitrantes. Les tiene que interesar porque en ese programa nosotros les enseñamos a organizarse, a reclamar sus derechos, a liberarse de la explotación en que viven y hasta cómo vacunar a sus hijos y lavarse las manos.

Y como les tiene que interesar, hacemos una acrobacia mental y nos convencemos que, de hecho, les interesa y que nos sintonizan mucho. (¿No nos llamó ayer el doctor Julián para decir que el programa estaba muy lindo?) Nos autocomplacemos, nos felicitamos por la buena labor realizada. Y acabamos con una audiencia tan fiel como minúscula. Pero eso sí, estamos satisfechos cumpliendo con el deber de decir la verdad.

En realidad, la mayor fuente de ruido está en el mismo emisor, en la actitud con que enfrenta la aventura de comunicar y comunicarse. Antes de conocer los formatos, las técnicas, antes de aprender el lenguaje radiofónico, antes incluso de preocuparme por los contenidos del programa, tengo que sentir un vivo deseo de relacionarme con el otro, de ganarme su confianza. Esto supone desdoblarme, salir de mí y de mis códigos, para apropiarme del lenguaje y el humor y la manera de ser del público, para repensar toda mi emisión desde la perspectiva de la recepción. Sólo así podré captar el interés del oyente y mantenerlo.

Para comunicarnos, como ya vimos, necesitamos compartir un código. Ahora bien, ¿quién debe buscar el contacto, quién debe adaptarse a quién? El emisor, naturalmente. Si yo voy a China, no me quejaré si los chinos no me entienden. Me toca a mí, como dice el sabio refrán, hacer lo que viere en el país a donde fuere.

Nuestra vieja del Cibao era analfabeta en latín. Pero el cura era analfabeto en viejas, que es lo grave. Porque la condición primera y básica para alcanzar ese código común es que el emisor se ponga en actitud de buscarlo.

¿Dónde encontrarlo? No es difícil responder: en el otro, en los otros, aprendiendo los signos que manejan aquellos y aquellas con quienes quiero relacionarme, interesándome en los sentidos que dan a los diferentes mensajes. Ésas son las preguntas acuciantes y permanentes que se hace un verdadero profesional de la palabra: ¿Cuál es mi público real, qué palabras usa, cómo vive, cómo trabaja, cómo se ríe, cómo es? ¿A quién le estoy hablando cuando tengo un micrófono delante?

Se trata de pensar toda la comunicación desde la otra orilla, desde la cultura y el lenguaje y las preferencias y la clase social de los radioescuchas a los que me dirijo. Va en mayúsculas la enseñanza de Kaplún: LA VERDADERA COMUNICACION NO COMIENZA HABLANDO, SINO ESCUCHANDO. LA PRINCIPAL CONDICION DE UN BUEN COMUNICADOR ES SABER ESCUCHAR.

Esto, que parecería de sentido común —de sentido comunicativo—, no lo es tanto. Cuando vamos a idear un argumento o a redactar un comentario, nuestra primera preocupación suele ser ¿qué voy a decir yo?, en lugar de la otra pregunta, la fundamental, la que facilitaría mucho las cosas: ¿qué quiere escuchar el otro, la otra?

Habría, entonces, que voltear como una media la famosa formulita conductista para comenzarla en la r y no en la e: receptor ==> mensaje ==> emisor. Tal vez, para no olvidarlo, la naturaleza nos proveyó de dos orejas y una boca: hablar menos, escuchar más.

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Extractado del capitulo 3 del “Manual Urgente para Radialistas Apasionados” de Jose Ignacio Lopez Vigil, la version digital completa esta disponible en: http://www.radialistas.net/manual_urgente/ManualUrgenteRadialistas.zip

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