Ya que No Somos Profundos… (o “Como hablar en Radio”)

8 octubre 2009

Radio MANUALES

Por Jose Ignacio Lopez Vigil.

Cultura no es otra cosa que la adecuada relación que establecemos con el entorno. Mejor sea la relación, mayor será la cultura. Si yo vivo en zona tropical y levanto una casa de madera sobre palafitos para evitar la humedad y los insectos, estoy respondiendo bien a mi realidad. Si vivo en la sierra, la construiré con gruesos muros de adobe para guardar el calor del día durante las noches heladas. En Managua, tanto las paredes interiores de las casas como sus techos son muy frágiles, temiendo un nuevo terremoto como el del 72. Si por delirios newyorkinos se me ocurriera levantar un rascacielos en la capital nicaragüense, estaría demostrando mi gran temeridad. Y sobre todo, mi incultura.

Apliquemos esto al lenguaje. ¿Qué palabra es la más culta?
La más adecuada al contexto en que la digo. Si un médico está entre médicos, hablará con el vocabulario técnico de su profesión. Pero si ese doctorcito llega a su casa y pide de comer a su mujer una extremidad de gallina o un glúteo de cerdo, resultaría un pedante. Y un gran inculto que confunde hogar con hospital y no sabe adaptarse al código de la vida doméstica.

Una cosa es cultura y otra instrucción. La persona instruida es aquella que dispone de muchos conocimientos, acumula datos y gana el concurso del Un, Dos, Tres. Cuando ese sabelotodo, sin embargo, llega donde un grupo de amigos y, en vez de compartir con ellos y vacilarse, presume su erudición y se pone a rizar el rizo idiomático, no exhibe más cultura, sino menos. No se ha comunicado con los demás, no ha logrado hacerse entender. La culpa es suya, no de los otros. La incultura es suya. El ridículo también.

Ésta es la primera mala hierba que debemos arrancar de raíz, quemar con cuaba, abrasar con el más implacable veneno: la pedantería al hablar. Lamentablemente, abunda este vicio. Sobreabunda —y esto es lo más contradictorio— precisamente en los círculos relacionados con la comunicación. Son esos intelectuales que necesitan pontificar, aunque sea del agua tibia, para sentirse superiores a los demás hijos del barro. Son esas periodistas que dicen siniestro en vez de incendio y nosocomio en vez de hospital.

O esos locutores que aperturan su programa musical con una pléyade de exquisitas selecciones para los melómanos. Estos sujetos no hablan para que los demás entiendan, sino para demostrarnos su ciencia y su distancia. En realidad, no hablan: se escuchan a sí mismos. Se deleitan en su propio palabrerío. No en vano la gente los tilda de pajeros.

¿Qué hay atrás de tales poses y pretensiones? La inflación de palabras suele estar en relación directa al vacío de las ideas. Ya que no somos profundos —sugiere un grafiti— ¡al menos seamos oscuros! Otras veces, son afanes de poder. Si el otro no domina el código en que me expreso, soy yo quien lo domina a él.

Recuerdo a Mamelo, un vecino de Tamayo, que se pelaba las manos aplaudiendo los discursos floridos y rimbombantes del presidente Balaguer.

—¡Ofrézcome, qué bien habla el dotol!
—¿Y qué dijo, Mamelo, tú entendiste lo que dijo?
—No, no entendí ni mú.
—¿Y por qué lo aplaudes, entonces?
—¡Si lo entendiera, sería yo el presidente!

Para eso hablan así, para deslumbrar a ingenuos y ganar votos fáciles de aquellos que durante años y años se convencieron de ser brutos porque no entendían la jerigonza de los doctos.

La mayoría de las veces, sin embargo, la explicación de estas actitudes discriminatorias pasa más por la imitación que por la arrogancia. En la escuela, en la iglesia, en el juzgado, hasta en la familia, nos hicieron creer que mientras más raro uno habla, más cultura demuestra. La palabra más incomprensible equivale a la más científica. Si así fuera, el burro ya sería magistrado: rebuzna y nadie sabe lo que dice. Salvo otro burro.

Lenguaje activo y pasivo

Conclusión innegociable de lo anterior: las palabras que usamos cuando hablamos por radio tienen que ser sencillas. Que se entiendan sin diccionario. Que se entiendan a la primera (¡porque no hay cómo llamar al locutor o la animadora y decirle que repita!).

En los medios de comunicación masiva, el lenguaje sencillo resulta ser el más culto, es decir, el más adecuado para sintonizar con el gran público al que nos dirigimos. Cuando estamos ante una pantalla o detrás de un micrófono, no hablamos para una élite o un grupo de expertos, ni siquiera para los colegas periodistas. Nuestros oyentes son la gente común y corriente, los ciudadanos y ciudadanas de a pie, el pueblo. No excluimos a ningún sector de la sociedad civil, menos a las clases medias o a los profesionales. Pero nuestra preferencia va hacia quienes más esperan y necesitan de la radio. A los pobres de la tierra de Martí, a los vendelotodo de Dalton, a las mondongueras de Rugama, a los que rezan y eructan de espaldas a la muerte, como escribió Machado. A la mayoría.

¿Cómo saber si una palabra es sencilla? Pues muy sencillo. Aun a riesgo de esquematismos, podemos clasificar las palabras en tres tipos:

+ Lenguaje activo
Son las palabras que la gente usa en su vida diaria.
Por ejemplo, dolor de barriga.

+ Lenguaje pasivo
Son las palabras que la gente entiende pero no usa frecuentemente.
Por ejemplo, malestar estomacal.

+ Lenguaje dominante
Son las palabras que la gente ni usa ni entiende.
Por ejemplo, complicaciones gástricas.

¿Qué lenguaje usar por radio? Sin duda, el activo. El que se habla en el mercado, en la cocina, en el autobús.  El pasivo, también. Precisamente, en la franja de palabras que se entienden, aunque no se utilicen demasiado, tenemos un horizonte pedagógico que nos permite ir ampliando el vocabulario del oyente. Conocer más palabras es poder expresar más ideas.

Tan erróneo sería renunciar al lenguaje activo en aras del pasivo (por un falso afán de culturización) como limitarnos al activo (por un exceso de popularidad).

No se trata de reducir vocablos, sino de emplearlos oportunamente. Una palabra no utilizada, cuyo significado se comprende, queda incorporada fácilmente a nuestro vocabulario, igual que un visitante menos conocido se suma al grupo de amigos si estos le brindan confianza. Pero si aparece un extraterrestre, las cosas cambian. ¿De qué vale emplear una palabra extraña, caída de las nubes, dominante, que ni se habla ni se entiende? ¿Sirve para educar? Sirve para acomplejar y nada más.

Ya sabemos que cualquier clasificación de palabras depende de los diferentes contextos en cada país, de los niveles de instrucción, de las maneras de expresarse. Lo que en Paraguay es habitual en Honduras puede resultar una rareza. Y al revés. Cambian los ejemplos, pero el criterio se mantiene: que la radio hable como habla su gente.

En los libretos de Un Tal Jesús , a mi hermana y a mí se nos ocurrió decir que María había parido a su hijo. Poco después, recibimos la carta escandalizada de un obispo —de cuyo nombre no quiero acordarme— porque habíamos ofendido gravemente a la Madre de Dios. ¿Decir parir es una falta de respeto? En ambientes urbanos, tal vez suene algo raro. Pero en ambientes campesinos —y María de Galilea era campesina— resulta habitual. En todo caso, habíamos tomado la palabra más castiza para referirnos al nacimiento de un niño: parto, abrir las puertas a la vida. A decir verdad, lo que dejaba entrever aquella carta no era un conflicto de léxico urbano-campesino. Era un conflicto de clases sociales: las mujeres pobres paren, las menos pobres dan a luz. Y las otras, las pitucas, alumbran a sus vástagos después de un baby shower. Y el señor obispo no quería que la mamá de Jesús fuera pobre, tal vez porque él, su representante, estaba muy lejos de serlo.

¿Cómo orientarse en el mar de las palabras? La brújula será siempre el público. Si tu audiencia emplea el verbo parir, empléalo tú también. Eso es lo culto. Eso es lo que permite entablar una mejor comunicación con tus oyentes.

¿Será esto rebajarse, popularizar el lenguaje? No lo creo. Porque al pueblo nunca se baja: se sube. Como bien escribió un poeta de Cochabamba, no hay más ascensión que hacia la tierra.

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Extractado del capitulo 3 del “Manual Urgente para Radialistas Apasionados” de Jose Ignacio Lopez Vigil, version digital completa disponible en: http://www.radialistas.net/manual_urgente/ManualUrgenteRadialistas.zip

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